miércoles, 5 de octubre de 2016

Reseña de Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari)

Poster Cuentos de Tokio
Director: Yasujirô Ozu
Actores: Chishû Ryû, Chieko Higashiyama, Setsuko Hara
Duración: 136 minutos
País: Japón
Año: 1953

¿No es la vida...?

¿...como se retrata en esta película? ¿Con hijos muy ocupados en sus trabajos para atender a sus viejos padres, viajes que no resultan tan placenteros como esperábamos, un ritmo vertiginoso que pronto desplaza a las viejas costumbres, futuros prometedores incumplidos o parientes que parecen más interesados en la ropa heredada que dejaron los muertos más que en los muertos mismos?

Esa impresión, me parece, solamente la logra el arte mayúsculo. Uno, al mismo tiempo, universal y personal, que además, no caduca. Mi ignorancia me había ocultado la obra de Yasujirô Ozu hasta que afortunadamente en un ciclo de cine japonés reciente me topé con ella. Sin duda que su ritmo es muy distinto al cine contemporáneo e incluso puede bordear en algo "aburrido" (sí, con tal vez demasiada insolencia debo decirlo), pero eso no me importó porque mientras la veía y una vez que acabé de hacerlo, tenía una sensación que casi nunca alcanzo mediante el séptimo arte. Aquí hay belleza. Humanidad. Melancolía. Resignación. Honestidad. Arte. Además de increíble maestría en los ejecutantes.

Ozu tiene un estilo propio y eso es patente a los pocos minutos del filme. Primero que nada, su cámara es fija, prácticamente nunca se mueve y en ella encuadra imágenes con una organización meticulosa y formas geométricas fácilmente reconocibles que dotan a la composición de una profundidad pocas veces vista. Crea patrones o estructuras. Incluso encuadra a los actores usando la escenografía. Parece obsesivo en su diseño y eso es algo que me gustó mucho. Las cosas están ahí por un motivo. También suele contrastar dos temas de manera visual muy tersamente y la manera en que retrata a las personas hablando es muy inusual: las pone exactamente de frente. En algún lado leí que eso lo hacía para que pareciera que se están confesando. Lo logra. Es una conexión muy directa, casi incómoda. Otra característica distintiva (nótese que ya van varias y que muchos directores nunca desarrollan un estilo reconocible) es que a veces coloca la cámara a la altura del suelo (a esta técnica se le llama tatami shot). Ella y los demás encuadres, me dieron la sensación de cercanía, contemplación y reflexividad (¿nostalgia?), porque además, varias veces pone una escena sin personas y cuando estas sí salen, primero vemos la escenografía y después aparecen los personajes y a veces estos se van y la toma sigue unos segundos más mostrando el lugar.

Cuentos de Tokio Funeral

Otros que son memorables son Chishû Ryû y Setsuko Hara. El primero interpreta a un abuelo (impresionante el dato de que hizo el papel cuando tenía menos de 50 años) que acepta que la vida simplemente pasa, que debe quedar solo y que tiene la dicha de que "no le fue tan mal" (aunque no tan bien como los sueños demandan). Y la segunda interpreta a una nuera que trata mejor a sus suegros que los hijos de estos. Una persona adorable y admirable (¿por qué no hay más gente como ella?).

Bueno pero a todo esto, ¿cuál es la historia? No la había mencionado porque es la parte que menos atención recibe y no es "tan complicada" como una narración actual exigiría de un filme de más de dos horas. Digamos que es sobre unos padres que viven en la provincia japonesa que visitan a sus hijos en Tokio, sus interacciones familiares y una sorpresiva muerte. Es "sencilla" pero muestra magistralmente las complicadas relaciones humanas y un montón de temas y cosas que "así pasan" (¿lamentablemente?).

¿No es la vida decepcionante? pregunta la pequeña Kyoko a la angelical Noriko en uno de los muchos inolvidables momentos. No. Con cosas como Cuentos de Tokio, no lo es.

10/10



miércoles, 24 de agosto de 2016

Reseña de Taxi Teherán (Taxi)

Jafar Panahi's Taxi Poster
Director: Jafar Panahi
Actor: Jafar Panahi
Duración: 82 minutos
País: Irán
Año: 2015

Hay viajes extrañamente inolvidables y enriquecedores. Este es uno de esos. Fue moderadamente entretenido, visualmente pobre, auditivamente monótono, sin secuencias con música que aceleraran los latidos, al parecer fotografiado con una cámara de celular chafa, sin trama evidente, lleno de carencias y de duda: ¿Ante que me enfrento? ¿Vale la pena esto? ¿Por qué?

Y ahí, en esa pregunta, está la respuesta. Porque estamos frente a la obra de un autor que tiene prohibido hacer su trabajo y aún así, desafía a su gobierno y cuestiona su mundo. Y tal vez lo cambie.

Jafar Panahi es un director iraní al que le fue prohibido hacer películas. En ese país no se puede hablar de un montón de cosas y hay una censura con mayúsculas. No tonterías. Estuvo en la cárcel por hacer filmes y no debió hacer esto. Para burlar la prohibición, se hace pasar por un conductor de taxi y sube a distintos pasajeros para hablar de temas controversiales: ladrones, la pena de muerte a la que algunos se enfrentan, el entretenimiento occidental y el papel de la piratería, supersticiones locales, presos políticos y defensores de derechos humanos, viudas indefensas, pobres, sentimientos de buenos samaritanos que sufrieron robos y hasta las prohibiciones a las que se enfrentan todos los cineastas de su patria o palabras de cariño al público que espera su trabajo. Todo adentro de un taxi en menos de hora y media sin ser propagandístico.

Es cine a un nivel muy superior al simple entretenimiento. Es defender la libre expresión. Es política. Es poder.

Es profundo y cada quién puede interpretar de distinto modo la complejidad de sus planteamientos. Sólo que debes saber de antemano el contexto de la obra en todo momento (y sentir simpatía por lo que superó). Si no lo sabes (ni conectas), probablemente te quedes muy decepcionado. Algunas conversaciones son divertidas y sus temas llegan a ser cercanos pero tener todo el tiempo a personas hablando sentadas frente a la cámara puede ser cansado y hasta aburrido. Esto está extremadamente lejos de ser una costosa producción estadounidense. Hasta el cine mexicano parece solvente en comparación.

Bajo esas restricciones, quien se eleva por encima de todo es la sobrina del director (quien recibió a nombre de Panahi el premio del Oso de Oro del Festival de Berlín del 2015 por este filme). Su presencia brinda el mejor rato de estos minutos y es fácilmente el acompañante más agradable y divertido.

Si se unen con ella a este paseo, preparen para deleitar a su conciencia o a su intelecto (aunque no a sus sentidos).

9.5/10